Cuando el difunto es puesto en su ataúd y es cargado por las personas sobre sus hombros, si era una persona buena y creyente él dirá: dense prisa, con mucha felicidad y alegría por la recompensa y bendiciones del paraíso que verá frente a él, mientras que si era una persona mala le dirá a su gente: ¡Ay de mí y este castigo! Por el mal futuro que le depara, no quererá que lo lleven allí y sus lamentos son escuchados por todas las criaturas, animales etc. Excepto por los hombres, ya que si lo escucharan sentirían mucho miedo o caerían muertos por el terror.