Azubair Ibn Awam le dijo a su hijo Abdallah el día de la Batalla del Camello (Basora, 36 H.), una batalla provocada con el fin de que se entreguen los asesinos de Uzman: “Hoy me veo como un mártir que morirá siendo víctima. Mi única preocupación son mis deudas, sáldalas por mí. A pesar de que sus deudas superaban sus posesiones, dejó como voluntad destinar un tercio a sus nietos (los hijos de Abdallah), ya que sabía que por ley no tenían una parte estipulada de la herencia, puesto que su hijo (el padre de ellos) sigue vivo. Así que les dejó un tercio de la tercera parte, algo que era suficiente para todos. La gente le entregaba su dinero para que se los guarde y él se negaba a tomarla como custodio ya que temía que se le extraviaran. Les decía: “no lo tendré en custodia sino que lo tomo préstamo. El era un hombre humilde y de fiar. Nunca ocupó el cargo e emir ni nada similar. Así que cuando murió y su hijo saldó todas sus deudas, y quedó una parte de su dinero, los herederos le pidieron que lo repartiera entre ellos, pero Abdallah se negó a hacerlo antes de pregonarlo entre los peregrinos del periodo del Hayy. Y solo cuando se haya asegurado de que no queda nadie a quien le daba dinero, repartirá lo que quede entre los herederos, y así lo hizo. De este modo, su hijo saldó todas sus deudas y le dio a sus cuatro viudas la parte que les corresponde de la herencia.