El Profeta —la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él— solía decir después de cada oración obligatoria: «La ilaha il-la-lah wahdahu la sharika lahu lahu-l mulku wa lahu-l hamdu wa hua 'ala kul-li shai'in qadir. Al-lahuma la mani'a lima a'taita wa la mu'tia lima mana'ta, wa la yanfa'u dha-l yaddi minka-l yad». Significa: afirmo y reconozco la frase de la unicidad de que no hay ninguna divinidad salvo Al-lah. La adoración verdadera la establezco para Al-lah y la niego a cualquier otro, pues no hay ningún dios verdadero excepto Al-lah. Y afirmo que la soberanía verdadera y completa pertenece a Al-lah y que Al-lah el Altísimo es el merecedor de todas las alabanzas de quienes habitan los cielos y la tierra, pues Él tiene poder sobre todas las cosas. Y lo que Al-lah ha decretado en cuanto a lo que da o retiene no puede ser rechazado. Y no lo benefician al rico sus riquezas ante Él, sino que lo que lo benefician son sus buenas acciones.