Un hombre se quejó al Profeta —la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él— de que los actos de adoración voluntarios eran tantos para él que no podía realizarlos por su debilidad. Luego le pidió que le indicara una acción sencilla a la que aferrarse que conllevara una gran recompensa. Entonces, el Profeta —la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él— le recomendó que tuviera la lengua siempre activa con la mención de Al-lah —alabado y exaltado sea— en todo momento y en toda situación, diciendo: «subhana-l-lah» («tasbih») y «alhamdulil-lah» («tahmid»), pidiendo perdón, suplicando, etc.